Al hilo de lo de ayer, me dio por pensar en cómo muchas veces nos afectan nuestras decisiones. O, más bien, esa apatía asumida de creer que ya no se puede hacer nada con lo que nos envuelve en el día a día.
Hablo, sobre todo, del terreno laboral y su pequeña esclavitud diaria.
Soy consciente de que, al igual que hay muchísima gente como yo sufriendo en el trabajo, existen unos pocos afortunados que no viven el ir a trabajar como un drama. No solo no lo ven como una obligación, sino como un placer.
Cuando imagino esa situación idílica me dan ganas de levantar la mano como en clase y decir: “Yo quiero, profe”.
Pero la realidad te golpea: apechuga, niña, y ponte manos a la obra. Todo requiere un esfuerzo. ¿O te crees que los que triunfan están donde están por salir a la calle todas las tardes sin dar un palo al agua? Así que ahora, a fastidiarse y a callar.
Y ahí es donde me despierto de la ensoñación. Porque si fuera tan fácil, imagino que sería más accesible, ¿no?
El sueño de la librería perfecta
Siempre me viene a la cabeza el mundo de los artistas. Los imagino disfrutando con su obra, ya sea recibiendo aplausos en un teatro o una banda de rock saludando al final de un concierto.
Pero también pienso en lo que podría hacer yo fuera de esta rutina. Y, siendo sincera, uno de mis sueños de toda la vida sería ser propietaria de una librería.
Pero ojo, no una papelería de barrio donde vendes mochilas y libros de texto en septiembre. No. Me refiero a una librería con luz natural, con espacio para moverse sin hacer contorsionismo entre pilas de papel. Un lugar con ese olor característico a tinta y papel.
Allí convivirían los clásicos con las nuevas novelas que, sabedoras de su valor, se situarían en un lugar privilegiado. Y precisamente, si yo tuviera esa librería fantástica, habría un libro que ocuparía el lugar de honor en el escaparate.
Una historia ridícula: El arte de la vergüenza ajena
Si tuviera que recomendar una novela que represente ese «qué bien lo hacen unos», sería sin duda Una Historia Ridícula, de Luis Landero.

El escritor es Luis Landero y, aunque tiene una trayectoria más que consolidada, confieso que nunca había leído nada suyo. Ahora sé que repetiré sin duda.
Lo que me enganchó no fue solo la originalidad de la trama o lo impecablemente escrita que está. Fue la sensación visceral que provoca. Hubo momentos en que pasé vergüenza ajena, me reí a carcajadas e incluso sentí pena y me hizo pensar.
El protagonista, Marcial, es la encarnación de esa envidia y admiración que describía al principio. Es un personaje que odias y amas, ridículo y sublime.
¿Por qué leer a Landero?
Ahí es donde vuelvo a mi reflexión inicial: qué bien lo hacen algunos.
El poder que puedes tener con las palabras me parece increíble. Lo que un autor puede despertar en una persona y hacerle sentir cosas tan contradictorias debe ser mágico y súper satisfactorio. Eso es disfrutar del trabajo.
Si te apetece adentrarte en este mundo, salir de tu rutina laboral y ver si realmente te engancha como a mí, te recomiendo encarecidamente que le des una oportunidad.
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Hasta pronto.
Espero…